Parte 2 — Civilización
Traducido del original en inglés.
El giro agéntico va más allá de la tecnología. Nuestra realidad digital, y la manera en que la vivimos, también van a transformarse profundamente.
Lo que hoy se puede hacer con un agente es asombroso. Las capacidades que nos dan los agentes personales, así como su forma (una interfaz en lenguaje natural, literalmente sin barrera de entrada), se parecen cada vez más a tener superpoderes. Nunca en la historia de la humanidad una tecnología había aumentado tan directamente al individuo, al permitir delegar casi cualquier trabajo intelectual, desde rellenar un formulario en un sitio web hasta elaborar un informe sobre prácticamente cualquier tema o construir una aplicación entera, dando en la práctica a cualquier persona la capacidad de trabajo de un equipo de diez personas de hace tres o cuatro años. Y no se queda en la pantalla: los agentes de IA ya hacen llamadas telefónicas en nuestro nombre, de manera muy profesional y eficaz, y se vuelven más robustos y fiables con cada nueva generación de modelos.
Pero tiene un precio. La delegación tiene, por naturaleza, sus contrapartidas. Y como se sitúa entre nosotros y casi todo lo que nos llega, el agente podría actuar cada vez más como un filtro general, y ese filtro podría extenderse a nuestras relaciones en la vida real: lo que nos llega, quién nos alcanza y cómo tratamos con los demás, incluso con quienes conocemos. Ya ha empezado: los propietarios de los últimos teléfonos de Samsung pueden hacer que un agente de IA filtre sus llamadas entrantes y pregunte a quien llama el motivo de su llamada.
Por no hablar del riesgo muy real de una dependencia excesiva. Puede resultar cada vez más tentador delegar todo lo que se pueda delegar, en todos los ámbitos, personal y profesional. No por pereza, sino simplemente porque es más eficiente.
Más preocupante aún es delegar nuestro pensamiento. Si la máquina ha acertado la mayoría de las veces hasta ahora, empieza a parecerse más a un oráculo que a un consejero, y podemos dejar simplemente de cuestionarla. En el proceso, podemos debilitar nuestra propia capacidad de analizar situaciones y tomar decisiones, algo esencial si queremos seguir al mando de nuestro destino colectivo. Podríamos, por supuesto, poner otro agente a cuestionar al primero, pero seguiríamos sin formar parte de la conversación.
El ritmo del cambio es tal que el viejo paradigma se está rompiendo. El tiempo se comprime: lo que antes exigía años y enormes recursos a un equipo de genios puede lograrse ahora en cuestión de días por quien disponga de suficiente capacidad de cómputo para dedicarla al problema. En septiembre de 2026, OpenAI anunció que un modelo interno había resuelto más de un centenar de problemas matemáticos abiertos desde hacía mucho tiempo, algunos con décadas de antigüedad: problemas que generaciones de matemáticos no habían logrado resolver. No todos estos resultados superarán la verificación, y la propia OpenAI creó un grupo asesor independiente para evaluarlos, pero la trayectoria es clara, y también el desplazamiento que revela: los matemáticos pasan de explorar a verificar. Ese desplazamiento no es exclusivo de las matemáticas. En todo el trabajo intelectual, las personas pasan de hacer el trabajo a revisarlo.
Y ese es exactamente el problema. ¿Dónde quedamos cuando ya no somos la especie más inteligente? ¿Cómo vamos a reaccionar? Hay aquí un riesgo real, quizá incluso existencial; es sin duda uno de los desafíos a los que tendremos que enfrentarnos como especie. Y nos obligará a redefinir qué nos hace humanos.
Los capítulos que siguen examinan esta cara del giro.
Primera nota: septiembre de 2026 · Última revisión: octubre de 2026